Una reunión secreta.

En su premiada obra “El orden del día”, el francés Eric Vuillard ajusta cuentas retrospectivamente con los 24 asistentes a una turbia reunión celebrada el 20 de febrero de 1933 en un palacio a orillas del río Spree, a las afueras de Berlín.

Hasta allí acudieron tales caballeros (ni una sola dama había entre ellos) en representación del más selecto elenco de grandes empresas de la Alemania de la época.

De allí partieron poco después, tras haber comprometido su respaldo financiero al partido Nazi, cuyo líder, Adolf Hitler, había alcanzado la Cancillería merced a un pacto pocos días antes.

Todo lo que vino después es bien sabido.

Vuillard reflexiona en su breve novela (apenas 140 páginas de ágil lectura) acerca de la responsabilidad, pasada y presente, de las empresas que dichos hombres representaban en aquella reunión como consecuencia de sus actividades económicas en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial.

Hoy queda fuera de discusión el hecho de que muchas de esas empresas usaron abundantísima mano de obra esclava, en condiciones de extrema penuria que llegaron incluso a suponer el exterminio de cientos de miles de seres humanos, condenados a trabajar hasta la extenuación, cuando no directamente masacrados una vez dejaban de ser útiles para quienes trabajaban.

Al finalizar la guerra, las potencias vencedoras constituyeron en Núremberg un Tribunal encargado de juzgar a los responsables a título personal de los crímenes nazis. Aunque diversas organizaciones tales como la Gestapo y las SS fueron declaradas culpables y condenadas, ninguna empresa de las que emplearon mano de obra esclava durante la guerra lo fueron.

¿EMPRESAS A LA CÁRCEL?

Sin llegar a casos tan extremos, la noción de la responsabilidad penal de las personas jurídicas se ha ido abriendo paso tras los graves escándalos financieros surgidos a finales del siglo XX (Enron…).

En España, desde el año 2010 y gracias a la reforma del Código Penal, cabe declarar “culpable” a una persona jurídica como consecuencia de su propio proceder en relación con la comisión de actos delictivos de especial gravedad por parte de sus directivos y empleados.

A la actividad que dentro de las empresas pretende evitar lo anterior es a lo que comúnmente se denomina “compliance”, término de origen anglosajón, carente de palabra equivalente en español, si bien habitualmente se traduce como “cumplimiento regulatorio”.

Su significado atiende de modo prioritario, aunque no exclusivo, a la labor de prevención de incumplimientos con posible relevancia penal para las personas jurídicas como consecuencia de la gestación o comisión en su seno de delitos por parte de sus directivos y trabajadores. Dicha tarea de gestión de riesgos legales, penales sobretodo, es generalmente acometida por la denominada “función de compliance”, al frente de la cual se ubica el “compliance officer” u “oficial de cumplimiento”.

En un sentido más amplio, “compliance” incluye la gestión de riesgos derivados del incumplimiento de otras normas por parte de las personas jurídicas, tanto aquellas impuestas de forma coercitiva “desde fuera” (también denominados “requisitos”), como aquellas otras que éstas se imponen voluntariamente a sí mismas “desde dentro” (las cuales se denominan “compromisos”, para diferenciarlas de los anteriores).

Según el Código Penal (CP) vigente en España, aquella organización que demuestre que hizo todo lo posible por prevenir tales delitos puede ver atenuada su responsabilidad penal o incluso quedar exonerada de ésta (art. 31.bis CP). De no ser ése el caso,  aquella empresa cuya responsabilidad penal sea declarada mediante sentencia firme puede ser objeto, por ejemplo, de disolución judicial (lo que equivale técnicamente a su “muerte”), amén de otras sanciones tales como multas, la suspensión de su actividad o la prohibición de contratar con administraciones públicas o de recibir bonificaciones y subvenciones (art. 33.7 CP).

UN CONSEJO…“LEAN”

El asunto es, sin duda, serio, tanto acaso como para reflexionar sobre él. Esa es nuestra pretensión  en esta nueva serie que aquí comenzamos. Así que si hemos captado su atención, gustosamente les ofreceremos con la debida regularidad explicaciones sencillas y breves acerca de diversos aspectos del “Compliance”, siguiendo nuestro particular estilo “Osenseis”, así como consejos.

Ahí va el primero de ellos: “Lean (del verbo “leer”)…”

Lean, por ejemplo, la novela de Vuillard (recientemente editada en español por Tusquets). No les llevará más de un par de horas.

Si al terminarla sienten deseos de saber más, les sugerimos un ensayo de Richard Overy, titulado en su traducción española “Interrogatorios” (Tusquets, 2003), en el que bajo el significativo subtítulo de “El Tercer Reich en el banquillo”, los más curiosos podrán descubrir qué argumentos dieron los jerarcas nazis para exonerarse de su responsabilidad personal individual en relación con los crímenes del nazismo.

Una cita de dicho libro (p. 179) cierra esta entrada, cuya literalidad contiene una Guía de Comportamiento bastante más breve que algunos de esos Códigos Eticos o de Buen Gobierno que tanto abundan ahora en muchas empresas.

Se trata, concretamente, de una parte del interrogatorio realizado en Núremberg por parte del Fiscal americano (luego Senador) Thomas Dodd a Franz Von Papen, ex canciller de Alemania y artífice de las negociaciones secretas que le otorgaron a Hitler la Cancillería el 30 de enero de 1933, tras las elecciones cuya financiación corrió en gran medida a cargo de las empresas representadas por los hombres de negocios que acudieron a la reunión secreta a los que nos referíamos al inicio de este texto.

Dodd comenzó el interrogatorio a Von Papen un 3 de septiembre, en Núremberg; la cita pertenece a la sesión del 19 de septiembre de 1945, esto es, casi exactamente 12 años después de la celebración de la reunión en el palacio junto al lago que abre este post y unos 60.000.000 de muertos después de que Alemania invadiera Polonia el 1 de septiembre de 1939, dando inicio oficial a la Segunda Guerra Mundial:

“Thomas Dodd: […] A mí me parece que cuando un organismo, sea de gobierno o de otra clase, toma un mal camino, un hombre tiene el deber moral de disociarse totalmente de él, eso cuando menos, y un deber mayor aún de no ayudarlo de ninguna de las maneras a realizar ningún aspecto de su programa. Ahora bien, yo sugiero que, como usted tenía motivos para no pronunciarse contra él, o para no disociarse o renegar de él, aún le quedaba el recurso de no estar a su servicio.

Von Papen: Sí.”

Pues eso…

Consejo Lean: “Lean (del verbo “leer”)…”
Dr. Pelayo Benito García.

Socio Fundador & Chief Strategy Officer (CSO) de Osenseis Lean, S.L.

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