Precipicio

precipicioConocí una vez a un tipo, pongamos que hablo de J (el nombre es inventado, claro), famoso por su incapacidad para pasar desapercibido, como buen matón de tercera que era.

Lo suyo no era desde luego la sutileza, más bien al contrario: en cuanto el jefe de la banda le señalaba un objetivo, allá que se iba nuestro personajillo presto a dejarle marcada la cara con su puño de hierro. Luego, claro está, volvía meneando el rabo a por más tarea (nunca hubo un chucho más dispuesto a servir a su amo).

Al cabo de un tiempo le ocurrió lo que suele pasarle a los sicarios más genuflexos: ascendió. Y le pasó como al mono del cuento, que cuanto más alto subía más se le veía el trasero.

El caso es que un buen idea, autoconvencido de sus dotes para el mando (la autocrítica nunca fue su fuerte), se vino definitivamente arriba; había tenido la oportunidad de que otro compadre le soplase al oído las bondades de la gestión moderna, ésa de la que tanto se habla en los libros con que decoraba su despacho de matarife de tres al cuarto, para darle lustre a su ascenso. Algo había que reconocerle: sabía aprovechar una oportunidad de medrar en cuanto la veía. Así que se puso manos a la obra (es un decir, más bien puños…), decidido a aplicar a sus quehaceres mafiosos las últimas herramientas de gestión.

Claro está que era un hombre de su tiempo y es por eso que decidió empezar por ‘Lean’; uno puede ser un delincuente de tres al cuarto pero eso no le impide aspirar a cierto reconocimiento social, tal y como pretendía nuestro amigo J y para ello nada mejor que ‘apuntarse a la última moda’, aunque para eso tuviese que liquidar a gentes más sensatas, mil veces más honestas , pero que sufrían la mala suerte de cruzarse en el camino a la ambición de nuestro personajillo.

J decidió empezar ‘gestionando’ su almacén de pacotilla, ése en el que guardaba el resultado de sus golpes, al estilo Toyota, ya saben, ‘primero sale lo que primero entra’, ‘receptación just in time’ y lindezas por el estilo, algo que dio en llamar sus aportaciones personales, a las que siguieron otras del calibre de “el que reparte se lleva la mejor parte”, “de puente a puente y me lo quedo de nuevo porque me dejo llevar por la corriente”, etc. Vamos, que se convirtió en un gurú (del trinque). Hasta experimentó con el shojinka: el que antes robaba ahora trapicheaba y el que menudeaba droga pasó a clonar tarjetas. Todo un emprendedor, nuestro amigo J.

Su buena fortuna y sus supuestas dotes como administrador le hicieron escalar más y más, hasta que llegó a encargarse de dirigir los negocios ‘legales’ de la familia. Primero fueron las gasolineras, luego las peluquerías y los restaurantes y, finalmente, clínicas, centros de salud y hasta hospitales. J era en ese momento el ‘rey del mundo’, jugaba a quitar y poner tipos al frente de las empresas que le habían encomendado dirigir como el que come fichas al contrario jugando a las damas. Hasta que llegó el día en que, henchido de orgullo y satisfacción, aterrizó en donde nunca debió haberlo hecho: una de las últimas adquisiciones del emporio criminal, un pequeño hospital de provincias, convertido de la noche a la mañana en un flamante centro sanitario convenientemente privatizable.

Confiado de su fortuna y posición, J quiso ‘vender’, bendito verbo, semejante joyita (ya saben, la típica operación consistente en se lo doy a mi amigo por buen precio, que a su vez me devuelve una parte y, a partir de ahí, nos repartimos los dividendos resultantes de freír al personal a pruebas e intervenciones de todo tipo, hagan falta o no… la historia de siempre); la operación de marras era una demostración más de que J estaba dispuesto a hacer todo lo que fuese necesario con tal de congraciarse con el ‘boss’, a la sazón un destripaterrones aún más insensible y brutal que J.

Pero esta vez J. calculó mal la jugada, sufrió un traspiés, la cosa estalló antes de tiempo (nunca quedó claro quién se fue de la lengua) y provocó tal estropicio que desde entonces fue conocido en la banda como J “el estropicios”. Como alguien debía pagar los vasos rotos de la fiesta, le tocó a él (un esbirro siempre depende de otro pez más gordo) y, mientras sus jefes trataban de borrar apresuradamente las huellas del intento de desfalco, terminó emprendiendo el camino del destierro a un pequeño negocio de menor lustre.

Y allí sigue, por ahora, suspirando por la poltrona perdida que tan duramente ganó literalmente ‘a ostias’, tratando como todo buen mequetrefe de cobrarse cuentas pasadas con imaginarios enemigos, ahogado en su propia melancolía, buscando quien le compre su estropeada mercancía gestora.

No es una historia real, pero podría serlo y, por eso, no puede acabar sin moraleja:

“Allá va J, paseando su palmito. Suelta palabras sin tino, glotón de términos que apenas entiende. ‘Excelencia’, farfulla, “¡Lean!” exclama. Pues escucha este consejo, mendrugo: guárdate de malbaratar lo que no entiendes, o más pronto que tarde te verás despeñado, de estropicio en estropicio, hasta acabar en el fondo del precipicio”.

 

Dedicado a I, que sabe perfectamente de lo que hablamos (recuerda: ¡vence quien resiste!).

Líder es a Lean, como yema es a huevo.
Sin palabras.