COMPLEAN (Compliance al estilo Lean): UNA DE CÓDIGOS.

“El que escribe el código genera el valor”…

Así empieza Kim Stanley Robinson, el famoso autor de la trilogía marciana sobre la colonización del nuevo mundo rojo (“Marte Rojo”, “Marte verde”, “Marte Azul”), su última novela, recién traducida al español, “New York 2140”. La trama se desarrolla en un futuro distópico no tan lejano, en el cual la capital del mundo está parcialmente sumergida bajo las aguas por efecto del cambio climático. Allí, en la azotea de uno de los edificios que aún se mantienen por encima del nivel de las aguas, un par de informáticos departen acerca de su apurada situación, instantes antes de que ocurra algo que desencadenará una investigación criminal. Pero antes de eso, uno de ellos le explica al otro una de las verdades fundamentales de la vida, tratándole de explicar por qué ellos son pobres mientras unos pocos plutócratas son cada vez más ricos: “El que escribe el código genera el valor…”.

De un tiempo a esta parte, en nuestro particular y actualísimo presente, en multitud de organizaciones se han puesto de moda los Códigos de Conducta, también conocidos como Códigos éticos. Si no tienes uno, eres un ejemplo vivo de “old fashioned business”. La nueva consigna empresarial parece ser “Ponga un Código en su vida”.

Sin embargo, nada hay tan viejo (o tan venerable) como la idea misma de un “código”. Quién no recuerda de sus tiempos escolares a Hammurabi y su “ojo por ojo, diente por diente”. Conviene recordar que grabar en piedra semejante salvajada a ojos contemporáneos fue un auténtico avance. Seguridad jurídica, lo llaman. A partir de ese momento, cualquier súbdito del dichoso ‘Hammu’ sabía a qué atenerse en caso de incumplir una ley: ya no habría más castigos arbitrarios, sino uno solo, el mismo para todos (un ojo por cada ojo –no más-, un diente por cada diente, y así hasta casi trescientas normas). Visto así, casi echas de menos que no haya más códigos.

Nadie dudará, por tanto, de que aparentemente tener un código viene bien. Y si no, que se lo digan a Napoleón. El fue el culpable de otro gran avance civilizatorio, ni más ni menos que el primer Código Civil del mundo, tantas veces copiado después (el español, por ejemplo, data de finales del siglo XIX, tiempo después de que Napoleón fuese batido a manos de un tal Wellesley, Duque de Wellington, al sur de Bruselas, en la batalla de la “Belle Alliance” o de “Waterloo”, en la que  británicos y prusianos, aliados contra el gabacho, ganaron a los puntos una pelea que enfrentó a los de siempre –los de arriba- a costa de los siempre –los de abajo-).

El Código de Napoleón trajo la modernidad a golpe de legajo, fruto del trabajo de una comisión. Ver para creer. Fundió en un único texto legal una miríada de normas especiales, a cual más enmarañada y oscura, diseñada para mantener privilegios. Todo ese entramado jurídico del “Ancient Régime” cayó con estrépito, guillotinado como lo fueron las cabezas de muchos nobles poco tiempo antes en esas mismas tierras. Parafraseando al más famoso de los Magos, el de Napoleón se convirtió en un código para gobernarlos a todos, el auténtico “anillo del poder” en forma de legajo estructurado en forma de “artículos”, es decir una estructura lógica y sistematizada que regula de forma unificada una determinada materia.

De eso van, aparentemente, los Códigos de Conducta empresariales. De dar seguridad a base de codificar comportamientos aceptados o prohibidos en el seno de la empresa. Pero ¿a quién dan seguridad realmente? Pues no nos engañemos, la mayoría de los casos a la propia empresa. ¿Que uno de nuestros empleados hizo algo que no debía?, pues ya sabemos la respuesta: “¡Claro, se saltó el código!”

Algunos estudiosos han criticado tales Códigos, denominándolos acertadamente Códigos de Conducta UNILATERALES (CCU), porque son imposiciones (bienintencionadas o no) de las empresas a sus trabajadores, que las más de las veces les imponen deberes adicionales a los propios de su relación laboral, más allá de lo que códigos anteriores ya tienen establecidos (me refiero al Estatuto de los Trabajadores y a los regímenes disciplinarios habituales en multitud de convenios colectivos –hubo un tiempo, recordarán Vds., en que incluso éstos eran objeto de negociación, claro que eso fue antes de Ryanair, Uber, los falsos autónomos y demás…-).

UN CONSEJO…“LEAN”

Conviene, pues, no acelerarse cuando de redactar un Código de Empresa se trata, por muy buena que nos parezca su finalidad. Al fin y al cabo, la historia de los Códigos demuestra que éstos sirven cuando menguan en número, no cuando se multiplican como setas, a golpe de consultoría, renovando privilegios en el mercado laboral que nos hacen correr a todos el riesgo de caer en una nueva era feudo-empresarial, la de aquel Señor que impone a sus vasallos, dentro de sus dominios, su santa voluntad. Aquí, como en tantos otros ámbitos de la vida, “menos es más”. Y si no, léanse el art. 84 del Estatuto de los Trabajadores (sí, ese mismo en cuya Disposición adicional octava, significativamente titulada “Código de Trabajo”, dice –con escasa fortuna hasta la fecha- que “El Gobierno, a propuesta del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, recogerá en un texto único denominado Código de Trabajo, las distintas leyes orgánicas y ordinarias que, junto con la presente, regulan las materias laborales, ordenándolas en Títulos separados, uno por Ley, con numeración correlativa, respetando íntegramente su texto literal.Asimismo se incorporarán sucesiva y periódicamente a dicho Codigo de Trabajo todas las disposiciones generales laborales mediante el procedimiento que se fije por el Gobierno en cuanto a la técnica de incorporación, según el rango de las normas incorporadas”), el cual reserva asuntos tales como la regulación del régimen disciplinario al convenio colectivo estatal, es decir, ni siquiera al convenio colectivo autonómico. Por algo será…

En definitiva, “Menos códigos y más Código, con mayúsculas” podría ser un buen lema, hoy como ayer, y quizás también mañana, 1 de Mayo, para luchar contra privilegios trasnochados en pro de una auténtica ética empresarial: la de tratar a todos por igual, según sus merecimientos, a salvo de caprichos regulatorios de toda guisa (algunos nos conformaríamos con el “ojo por ojo, diente por diente”). Mientras tanto, lean al bueno de Kim, su imaginación sin duda se lo agradecerá.

Pues eso…

Consejo Lean: “Menos códigos y más Código, con mayúsculas.”
Dr. Pelayo Benito García.

Socio Fundador & Chief Strategy Officer (CSO) de Osenseis Lean, S.L.

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Una reunión secreta.

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