COMPLEAN (Compliance al estilo Lean): DE CHURROS, PORRAS Y DEMÁS FRITURAS.

“Un churro es una masa compuesta por harina, agua, azúcar y sal que se introduce en un aparato parecido a una manga repostera, por donde sale mediante extrusión…”[1] Recetas para hacer churros hay varias, pero todas coinciden en que primero hay que mezclar los 4 ingredientes básicos antes mencionados; a continuación, se debe freír la masa resultante en aceite muy caliente y, finalmente, espolvorear azúcar por encima de las tiras obtenidas. Ayer tuve la oportunidad de deleitar mi paladar con un churro recién hecho. Eso sí, azúcar había poco. Sospecho que la manga de repostería empleada tuvo algo que ver en el resultado, o a lo mejor fue la dichosa “extrusión” (ya saben, ese movimiento consistente en estrujar la manga con ambas manos para que la masa salga por el agujero inferior, camino de la sartén). Si es que cuando a uno lo “extrusionan” puede salir cualquier cosa… El caso es que los cuatro ingredientes básicos del susodicho “churro” eran un puñado de “harina” en forma de “hechos probados” (una comparecencia de dos atribuladas empleadas públicas ante un baqueteado Comité de Empresa para denunciar malas artes del nuevo jefazo recién designado por el dedo político de turno, una retahíla de correos electrónicos subiditos de tono escrita por el fulano en cuestión, antesala de sendos despidos fulminantes a la “mecagüenla”, que dicen en mi tierra, sin procedimiento ni nada de nada, por supuesta deslealtad de tan valerosas servidoras de lo público); bastante “agua”, consistente en un poquito de doctrina jurisprudencial salpicando por aquí y otro poco salpicando por allá; la “sal” de una declaración de lesión de derechos fundamentales por...

COMPLEAN (Compliance al estilo Lean): UNA DE CÓDIGOS.

“El que escribe el código genera el valor”… Así empieza Kim Stanley Robinson, el famoso autor de la trilogía marciana sobre la colonización del nuevo mundo rojo (“Marte Rojo”, “Marte verde”, “Marte Azul”), su última novela, recién traducida al español, “New York 2140”. La trama se desarrolla en un futuro distópico no tan lejano, en el cual la capital del mundo está parcialmente sumergida bajo las aguas por efecto del cambio climático. Allí, en la azotea de uno de los edificios que aún se mantienen por encima del nivel de las aguas, un par de informáticos departen acerca de su apurada situación, instantes antes de que ocurra algo que desencadenará una investigación criminal. Pero antes de eso, uno de ellos le explica al otro una de las verdades fundamentales de la vida, tratándole de explicar por qué ellos son pobres mientras unos pocos plutócratas son cada vez más ricos: “El que escribe el código genera el valor…”. De un tiempo a esta parte, en nuestro particular y actualísimo presente, en multitud de organizaciones se han puesto de moda los Códigos de Conducta, también conocidos como Códigos éticos. Si no tienes uno, eres un ejemplo vivo de “old fashioned business”. La nueva consigna empresarial parece ser “Ponga un Código en su vida”. Sin embargo, nada hay tan viejo (o tan venerable) como la idea misma de un “código”. Quién no recuerda de sus tiempos escolares a Hammurabi y su “ojo por ojo, diente por diente”. Conviene recordar que grabar en piedra semejante salvajada a ojos contemporáneos fue un auténtico avance. Seguridad jurídica, lo llaman. A partir de ese momento, cualquier...

Una reunión secreta.

En su premiada obra “El orden del día”, el francés Eric Vuillard ajusta cuentas retrospectivamente con los 24 asistentes a una turbia reunión celebrada el 20 de febrero de 1933 en un palacio a orillas del río Spree, a las afueras de Berlín. Hasta allí acudieron tales caballeros (ni una sola dama había entre ellos) en representación del más selecto elenco de grandes empresas de la Alemania de la época. De allí partieron poco después, tras haber comprometido su respaldo financiero al partido Nazi, cuyo líder, Adolf Hitler, había alcanzado la Cancillería merced a un pacto pocos días antes. Todo lo que vino después es bien sabido. Vuillard reflexiona en su breve novela (apenas 140 páginas de ágil lectura) acerca de la responsabilidad, pasada y presente, de las empresas que dichos hombres representaban en aquella reunión como consecuencia de sus actividades económicas en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Hoy queda fuera de discusión el hecho de que muchas de esas empresas usaron abundantísima mano de obra esclava, en condiciones de extrema penuria que llegaron incluso a suponer el exterminio de cientos de miles de seres humanos, condenados a trabajar hasta la extenuación, cuando no directamente masacrados una vez dejaban de ser útiles para quienes trabajaban. Al finalizar la guerra, las potencias vencedoras constituyeron en Núremberg un Tribunal encargado de juzgar a los responsables a título personal de los crímenes nazis. Aunque diversas organizaciones tales como la Gestapo y las SS fueron declaradas culpables y condenadas, ninguna empresa de las que emplearon mano de obra esclava durante la guerra lo fueron. ¿EMPRESAS A LA CÁRCEL? Sin llegar a...