Una reunión secreta.

En su premiada obra “El orden del día”, el francés Eric Vuillard ajusta cuentas retrospectivamente con los 24 asistentes a una turbia reunión celebrada el 20 de febrero de 1933 en un palacio a orillas del río Spree, a las afueras de Berlín. Hasta allí acudieron tales caballeros (ni una sola dama había entre ellos) en representación del más selecto elenco de grandes empresas de la Alemania de la época. De allí partieron poco después, tras haber comprometido su respaldo financiero al partido Nazi, cuyo líder, Adolf Hitler, había alcanzado la Cancillería merced a un pacto pocos días antes. Todo lo que vino después es bien sabido. Vuillard reflexiona en su breve novela (apenas 140 páginas de ágil lectura) acerca de la responsabilidad, pasada y presente, de las empresas que dichos hombres representaban en aquella reunión como consecuencia de sus actividades económicas en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Hoy queda fuera de discusión el hecho de que muchas de esas empresas usaron abundantísima mano de obra esclava, en condiciones de extrema penuria que llegaron incluso a suponer el exterminio de cientos de miles de seres humanos, condenados a trabajar hasta la extenuación, cuando no directamente masacrados una vez dejaban de ser útiles para quienes trabajaban. Al finalizar la guerra, las potencias vencedoras constituyeron en Núremberg un Tribunal encargado de juzgar a los responsables a título personal de los crímenes nazis. Aunque diversas organizaciones tales como la Gestapo y las SS fueron declaradas culpables y condenadas, ninguna empresa de las que emplearon mano de obra esclava durante la guerra lo fueron. ¿EMPRESAS A LA CÁRCEL? Sin llegar a...